viernes, 27 de junio de 2008

Refugio


Ahí estaba, como la dejé hace unos veintipico de años. Seguía estando un tanto maltrecha pero cumplía con su propósito. Varias capas de pintura abajo, seguro encontraré esa postal que se ancló en mi recuerdo.

Pasaron varios intendentes en el medio, y el paisaje no ha sufrido tantas modificaciones. Salvo por las rejas a media altura que impiden que la jauría deambulante comparta su tarde junto con los diminutos constructores de sueños de arena.

El bebedero, que nunca logró quitarle la sed a nadie luego del primer día de instalado, la estatua custodiada por los jacarandás y las piedras de ladrillo desperdigadas en la tierra maltratada.

En sus asientos se han dado cita los más guapos del barrio y también los que intentaban ganar su amistad. Más para evitar que el algún momento les pidan prestadas "in eternum" algunos billetes para el vicio que por otra razón.

Allí escuché por primera vez a Riff cuando tenía once años, de la mano de Paloma (su apodo debíase a su eterno estado de volado) Esteban y Gustavito.
Ninguno de ellos logró despedirse cuando se fueron a jugar un picado con El Barba.
Compartían todo: las minas, las jeringas... el SIDA hizo el resto.

Allí le atajé un penal a Jorgito, un colorado de rulos largos que gastaba zapatillas como rivales. Esos que pintan para ser fenómenos y a los que la vida les termina exigiendo otros sacrificios más terrenales, como hacerse cargo de una madre viuda y enferma a los 15 años.

También fue ese arenero el que me retuvo más de la cuenta por quedarme a jugar con Lucía (mi primera novia) y me hizo perder de mis compañeros de preescolar. Por él, crucé dos calles en la clandestinidad para alcanzarlos antes de que llegaran al colegio.

Pero yo me debía algo con ella: al sentarme, toqué ligeramente sus cadenas, me impulsé y sentí el viento abrazándome la cara. Estuve un rato largo, yendo y viniendo, contemplando como el mundo se acercaba y alejaba en segundos.

Cansado, me bajé y al final pude perdonarle su certero golpe en mi ojo izquierdo. Ese que me tuvo dos días internado hace 28 años y del que llevo su viva marca....al fin y al cabo era parte del lugar. De mi refugio. De mi.

6 comentarios:

Miriam dijo...

Los recuerdos de la infancia son tan puros como describiste los tuyos...
Gracias por hacerme recordar los mios.
Besos

Flor dijo...

Pensar que por lo que noto con mi corta edad , a cualquier edad uno se encuentra con uno .. al recordar.

¿Por que sera entonces que a veces nos perdemos?


Lo abrazo por esta via fria ,y lo abrazo mañana pero ya no tan friamente =)
besos.

Marto dijo...

Que conmovedor... Cosas muy parecidas me suciedieron, para colmo... Muy buena la forma de escribir Hernán, confío en vos para un libro a lo Galeano..

Abrazo de Marto.

Martín dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=fpF7LI8KtQA

Anónimo dijo...

Es verdad el pasado deja huellas a veces profundas a veces no tanto. Pero siempre vuelven a deambular por los rincones de nuestra memoria. Tambien conservo una marca en un juego de una plaza hoy olvidada, y dejada atras por cambios, por deciciones y obligaciones.
Crecer no es facil!!!
Y somos varios los que dejamos una parte nuestra en cada lugar de aquellos para poder regresar de vez en cuando a remover esos sentimientos que hoy nos limitamos a mentenerlos aislados solo en los recuerdos.
Le envio mi agradecimiento por compartir sus pensamientos con nosotros.
saludos...

Anónimo dijo...

seulement l´aspect qui dit ces vérités cachées âme!!!
NSC