lunes, 6 de julio de 2009

Pide y se te dará...


Tenía treinta pesos en el bolsillo esa noche. Sin embargo al próximo amanecer esperaba sumar unos cuantos billetes, tras haber entrado a regañadientes al grupo.
Ellos arrancaban temprano en la casa del Laucha, reducto donde las esperanzas se materializaban al apoyar el último vaso, quien fuera el artífice de que sumara al clan tras convencerlo de lo fácil de la cuestión, de la necesidad de su destreza al volante, de poder escaparle rápidamente a la miseria en la que estaba...
Saque si quiere ganar! dijo un tal Ramírez, mentor del plan, sumándo dos rayas más a su cuenta. Por detrás, el resto reía sin saber bien de qué.
Acusaron las once las agujas del reloj. Envalentonados, subieron los cuatro al furgón y avanzaron por las calles de tierra rumbo a la ruta. La cumbia aturdía a los cinco ocupantes mientras la madrugada parecía estar sedada fuera del habitáculo.
A menos de un km del depósito, apagaron el estéreo y comenzaron a chequear el fierrerío. Una 45 quitada al último policía acribillado, dos 22 "matagatos" que amedrentaban más que otra cosa y un Colt 32 que tenía unos cuántos atracos en su haber. Todo estaba listo para adentrarse en la metalúrgica.
Tomó el volante y enfiló resuelto. Dos luces azules a lo lejos, lo hicieron apagar las suyas y resguardarse a la vera del camino. Sentía el corazón trompeándolo en las costillas.
Tras la ventanilla, contempló los pañuelos rojos, botellas y damajuanas vacías arrinconadas frente a la estampa del Gauchito Gil.
No era creyente antes y menos después que la leucemia le arrebatara a su primogénito. Pero sintió la necesidad de encomendarse a ese ícono. Todavía en casa lo esperaban otros dos vástagos y su mujer.
Aguardaron a que entrara el primer camión del reparto, manejado por un vecino de la humilde barriada al cual habían hecho socio previamente. El portón gruñó al abrirse y, trepadas al paragolpes, divisó las siluetas de Matute y del Laucha perforando la mediocre vigilancia.
Arrimándose sigiloso, desenfundó el imponente revólver y encaró al empleado de seguridad quien no opuso resistencia.
Todo venía resultando tal cual lo planeó Ramírez. Nunca supo si ese era su apellido verdadero pero mejor ignorarlo, pensó. Sabía si que había estado guardado más de lo que había caminado en su vida. Sólo haría un "trabajo" y con su parte pensaba comprarse un auto para remís.
Desde que había sido echado en la última crisis, todo se había vuelto cuesta arriba. La enfermedad de Nahuel lo había dejado en la ruina, lugar del que era habitué, hasta que consiguió aquél trabajo en la textil. Esos tiempos de bonanza se le cruzaban por la mente en este momento y a ellos añoraba volver después del atraco.
Flanqueado el ingreso, redujeron a los pocos operarios que trabajaban en el turno nocturno y avanzaron a la Administración. La vetusta caja fuerte ronroneó gentilmente en las manos del Laucha y desnudó el efectivo y cheques que poseía. Algunas computadoras y elementos electrónicos servirían también para aumentar la cuenta. Una hora más tarde, ya sustraídas las cintas de las cámaras y encerrados convenientemente los empleados, se alejaron presurosos al estacionamiento donde Ramírez los esperaba cargando las cosas.
Al aproximarse, un fogonazo iluminó la incrédula cara del Laucha quien cayó seco al pavimento. Otro más y fue Matute quien lo hizo sonoramente al hacerse añicos el plasma que acarreaba.
Para cuando las piernas querían salírsele del cuerpo, un ardor desconocido le corrió por la espalda tumbándolo también. Alcanzó a divisar cómo se escondía en la campera la humeante 45 y más arriba el rostro impávido de Ramírez.
Giró por última vez la cabeza, contemplando aquella imágen a la vera de la ruta y se sintió más identificado que nunca con el pagano santo. Cayó por gil y gauchito...

2 comentarios:

Cynthia dijo...

Que de escalofrios que reparte!
Muy bueno Hernan!

Andy dijo...

Ahora sí, pasee maestro lo estabamos esperando, un literato no extinto entre nos, segui jugando para lo pibes!!! esa pluma loca que a todos nos toca...