lunes, 22 de diciembre de 2008

Siempre se vuelve al primer amor


Volvió a encontrarse con aquél damero que vestía la cuadra de su casa. Hacía quince años que una de las tantas crisis lo había echado, como a tantos, tierras afuera. El almacén continuaba encajado en la esquina pero Don José ya no estaba. Un par de asiáticas se entretenían ahora con las cobranzas en la caja, del ahora minimercado Li Chuen.

Siguió caminando los metros que lo separaban del 138 de Carrasco, donde nació una gélida mañana de junio. Recordaba a su madre quien lo lloró mares, lagunas y ríos el día que se embarcó a Quebec para hacer valer su título y su hombría.

Hizo lo mismo con el Tano Pasalaqua, su padre y tornero del barrio. Aún podía verlo gastando su vejez en esa misma vereda, sentado en la silla de mimbre mate en mano.

Él había cumplido el sueño de sus padres: se recibió de clínico a los 29 años. Tardó más que el resto, pero eso no importaba. También debía trabajar y ese verbo no siempre marida con el estudio. Pero supo abrirse camino y, con el título colgado en el living, atendía doce o mas horas por día en el Cetrángolo.

Al principio la motivación por hacer lo que le gustaba era su mejor paga.

Porque no sólo el bolsillo fue el disparador del éxodo. Su mujer lo empequeñecía cada vez que volvía del hospital con el guardapolvo remendado sobre el remiendo, mirando hacia el cuarteado cieloraso al que parecía exigirle una explicación por la dura realidad que les tocaba atravesar.

Cuando llegó Lucas y el monoambiente pasó a ser intolerable para los tres, veía al gris edificio atestado de dolientes cual Auschwitz.

Su pareja venía en irremontable picada. Su autoestima estaba en cero y con el piloto automático conectado...Una tarde recibió un mail de un antiguo compañero y, luego de dudarlo un par de estaciones, llegó a destino. Canadá y su pulcritud le daban los nuevos aires que Buenos Aires habían transformado en efisema.

Nada fue fácil al principio, tampoco lo fue al final. Tuvo su casa, dos autos, tres perros y otro hijo en ese período. Pero eso no lo contentaba. Aquí se fueron yendo su padre, su hermano y un par de amigos a los que no llegó a despedir. Por eso le temblaban las piernas al llegar a la puerta del 138.

Por eso y por haber dejado a Daniela y los chicos allá. Como antes los había hecho con sus viejos, al decirles que iba a probar suerte y jurar volver en un par de años. Ahora otro mail lo había hecho regresar.

Volvía con posgrados, masters, y un compendio de prácticas que lo habían vuelto seductor para manejar una nueva clínica en el coqueto barrio de Recoleta. Ese fue el ardíd con el que sacó pasaje, aunque en realidad volvía para hacerse cargo del sector de Terapia Intensiva del hospital Argerich. Su matrimonio no tenía retorno y no encontró mejor excusa para alejarse de las cotidianas peleas.

Tocó timbre y esperó. No quiso avisar de su llegada. Una anciana de piel ajada y arqueada espalda giró el póstigo de la ventana. Describir la expresión de su rostro al verlo sería imposible.

Él sólo atinó a decirle: "Cómo estas vieja...pongo la pava?"

5 comentarios:

Flor dijo...

Gracias por volver, siempre es lindo leer esas hermosas cosas que tan bien sabes relatar.


Lo adoro, y lo voy a ver pronto con arena entre los dedos =).

Chiru//NOE dijo...

AH CUANTO DE CIERTO HAY EN ESAS LINEAS, Q LINDOO ES LEERTE....
NENE SEPA Q LO EXTRAÑO Y QUIERO Y ESPEOR VERLO PRONTITO....

FELICIDADES PARA USTED Y TODA LA FLIA SUYA.....BESOS

bote el frances dijo...

ma hacés lagrimear,che, que buen texto

1 abrazo grande para vos che

Flá dijo...

la ultima linea me puso la piel de gallina..es inexplicable lo q se vive cuando uno vuelve a las raices!

q tengas un buen fin de 2008 y un hermoso 2009!

t qiero!

Flor dijo...

A LA RAIZ YA SE VA YENDO.